Creo que el mundo, al crecer, se hace mucho más injusto. Lleva días rondando una ligera tristeza que ha explotado hoy con la lesión de María Vicente, nuestra gran campeona de atletismo, ese espejo en el que tanto veo a mi hija (espejo lejano, lo sé, pero espejo al fin y al cabo).
Son estos tiempos de guerra propicios para pensamientos y textos como éstos. La guerra es la más grande injusticia de todas y la más dolorosa, sin duda. El genocidio de Israel sobre el pueblo palestino es la mayor vergüenza que un ser humano puede vivir en pleno siglo XXI. Las imágenes golpean nuestras retinas día a día y occidente pasa página como quién pasa de un tiktok al siguiente. Nada parece importarnos la exterminación de un pueblo que lleva décadas sufriendo una ocupación sin precedentes.
Hace ya más de 15 años tuve la suerte de pisar territorio palestino y salir enamorado de su tierra y su gente. También, claro, estuve en territorio israelí y tuve la desgracia de comprobar, de primera mano y sin intermediarios, el trato denigrante y vejatorio de un pueblo contra el otro. Israel, desde aquel viaje, quedó en mi memoria como un país de mentira. No sólo por todo lo que vi, basado en historias de ciencia ficción, sino por cómo trataban a sus convecinos. Poco después de aquello vendría una guerra, los asentamientos con Cisjordania crecerían día a día, más guerras y siempre con resultados similares.
Lo que está pasando desde el 7 de octubre ha subido el nivel hasta el límite que sólo un pueblo genocida y absolutamente enloquecido podía hacer. Lo que está pasando a ojos de occidente, con grabaciones diarias, con esas miradas tristes de niñas y niños desangrándose o sufriendo sin motivo alguno, con tanto dolor gratuito, es sólo la culminación de décadas de asedio y de impunidad.
Ese aire de tristeza e impotencia diario envuelve todo nuestro día a día. Pero no es lo único. Está Jesús, a quién los médicos le han dado 6 meses de vida, con un cáncer de estómago fulminante como aquel que mató a uno de mis profesores favoritos, el irónico y mordaz Elias Eljarrat. Jesús también morirá antes de tiempo y joder, duele.
Como también me dolió, y aquí sin conocer de nada ni al afectado ni a su grupo, la muerte de Arturo, cantante del grupo Endwalker. Me enteré de rebote. Tampoco he querido indagar porque no toca. Sé que tuvo un infarto en la misma sala del concierto. He pensado mucho en Arturo. En toda esa gente para la que la música significa todo, se dejan horas, días, vida, ensayando e intentando abrir camino en un país dónde los caminos llevan décadas cerrados. En todas aquellas canciones que se quedarán sin salir y que se han ido con él. Y sobre todo, en el hecho de que su muerte pase tan desapercibida para el mundo de la música que lo era todo para él. Dejo aquí estas lineas para que sepas que para mí sí ha sido importante.
Y así llego a hoy. Durante semanas he estado esperando ilusionado el mundial de atletismo de Glasgow. Desde que Jazmín empezó a correr en nuestro último viaje a República Dominicana y ha encontrado una vía de escape del mundo que tan raro está, me he aficionado e intento estar al día. Supongo que hay algo de padre en todo esto de ilusionarse por cosas que le gustan a su hija. De hecho y sin duda, mi ilusión está muy por encima de la suya … Lo camuflo de un «intento de transmitir pasión» pero no sé si sirve de algo.
De todas las atletas que he conocido en este tiempo, desde primer momento quedé prendado de María Vicente. Sé que el hecho de hacer combinadas y ser una mujer negra tuvo que ver. La eterna búsqueda de referentes. Jazmín el año pasado quedó 7ª de Catalunya Sub12 de 60m vallas en pista cubierta y 8ª de altura al aire libre. Bien, mirando los récords de todas esas pruebas ( y le sumas longitud, 200m, 60m, triple salto, …) pertenecen a María Vicente.
Tras una operación que la tuvo mucho tiempo fuera del circuito, llegaba a Glasgow con todo para brillar. Y así ha sido en la primera prueba, los 60m vallas, prueba en la que María quedó campeona de España hace nada. Un espectacular 8.07s nos hacía pensar en medalla.
Y de repente, el vacío. Algunos lo hemos visto en directo. María saltaba de fondo mientras la televisión rotulaba alguna serie del 400m femenino. Ya antes había coincidido (en el 1.70). Pero esta vez algo había ido mal. María no saltó y quedó tumbada en la colchoneta. Rápidamente la televisión pasó la repetición y vimos que algo grave había pasado. Sus lágrimas y su «No, por favor» me han traspasado el corazón. Me pasó cuándo Quique Llopis se estampó contra el suelo hace unos meses. El estado de shock que lleva ahí en letargo desde el accidente de mi padre y que se activa cuándo algo así sucede y lo estoy viendo. Lo que llamo la pena inmediata. Llega de golpe y se (re)instala en mí por un tiempo.
En María veo a mi hija, claro, pero no estaba triste sólo por eso. Estaba triste porque creía, como decía al inicio, que una vez creces las injusticias van ganando terreno en este mundo cruel. Lo de hoy ha sido cruel, excesivo, alarmantemente injusto. Cuántas horas de preparación, cuánto dolor superado, cuánto trabajo mental para llegar a dónde había llegado y cómo había llegado. Eh, igual que Arturo, cuántas horas metido en un local de ensayo o Jesús, cuánto amor repartido a sus alumnos o su familia.
El estado de shock de estas penas inmediatas me deja esa amarga sensación de que todo lo que hacemos no sirve para nada. Sé que serán sólo unas horas, o unos días, hasta que esto pase. Pero hoy quería juntar todas estas penas y darle un sentido, reconocer que no estoy tan bien como quisiera y que hay cosas que en esta vida, ni he superado ni superaré nunca.
Pero todo bien, eh. Todo bien.
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