Vivimos encerrados en una isla llamada República Dominicana. Concretamente en Las Terrenas, un pequeño pueblo de tradición pescadora, dónde europeos (italianos y franceses sobretodo) cercanos a la vejez vienen a ligar con mujeres de color despampanantes que, por norma general, cobran por sus servicios de compañía.
No entiendo como podemos llevar 2 meses aquí. Sí, al final del cuento aparecemos en el aeropuerto de Barcelona, la familia sonríe y nosotros lloramos exhaustos pero contentos. Pero, ¿todos estos capítulos repetidos entre medio son necesarios? Levantarse, desayunar, piscina / playa / ir a comprar, comer, siesta, pasear por el pueblo, cenar y dormir. Una y otra vez, en un loop infinito del que no encuentro la tecla de stop. La puta tecla que nos saque de esto.
Cuando llegue a casa, además del libro que le he prometido a Jazmín, supongo que tendré que poner por escrito parte de lo vivido en este proceso de adopción que, cómo no, tiene ritmo caribeño y sabe a ron. Quizá es que aquí las cosas no pueden hacerse de otra manera, o quizá esa es la excusa que uno se pone para mantener la cabeza sobre los hombros e intentar cada día despertar con una sonrisa de oreja a oreja, que es lo que mi hija merece.
Son las 19.15h, ayer mataron a alguien en el pueblo, hoy salir a pasear era ponerse en un riesgo innecesario. Cenaremos, escucharemos un disco y nos iremos a dormir. Sólo es otro día más en el que no ha pasado nada. O quizá es que estoy tan cansado que no quiero pensar en ese momento en que Jazmín y yo hemos reído cabeza con cabeza. O que ha dicho «cocodrilo» con una claridad aplastante. O cuándo he hecho un wok de chuparse los dedos. O cuando me he instalado el enésimo gestor de tareas que salvará mi vida. O cuando he decidido no dormir la siesta y trabajar. O cuando Jazmín grita ahora, al lado de Ángel, Miki y Núria, corriendo tras una pelota y demostrando a su padre cabezón que la vida es mucho más sencilla de lo que él cree. Que corriendo tras una pelota también está la felicidad y el camino.
Pues eso, que otro día más. Y no uno menos.
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