Llevo cerca de un mes con «problemas«, y lo entrecomillo, de salud. Empecé quedándome afónico, constipado, me dieron antibióticos, y desde ahí, dolores varios, de espalda, estomacales, en el flanco derecho, …
Soy una persona que se analiza cada paso, especialmente en el tema médico. A la mínima que me pasa algo, creo que puede ser grave. Se llama hipocondría. Pero creo que esta vez el origen de mis miedos es diferente. Y la culpa la tiene la espera.
En un año, seré padre. Núria y yo iniciamos 12 meses atrás los trámites para la adopción, tras una reunión el 18 de junio de 2013 y un concierto de Ainara en Can Rin, dónde Núria decidió cual era nuestro camino. Durante muchos meses, nuestro hijo fue ruso. Dmitry, para más señas. Estuvimos mirando ECAIs y nos sabíamos todo de memoria. Parecía que era un camino fácil. Pero no lo era. Los costes de una adopción hoy en día en Rusia pueden superar los 35.000€, y si a eso le sumamos el hecho de que los acuerdos entre ambos países no estaban claros… Nos hizo pensar otras opciones.
Pero un 15 de febrero de 2014, al salir de una reunión en una de las ECAIs, de casualidad, me fijé en la foto de un niño de color. Me hizo gracia. La chica nos dijo que era de la República Dominicana. Fue curiosidad pura y dura. Nos dijo que la adopción allí era menos costosa y aunque tiene sus desventajas (que ya contaré algún día), la veía factible. Nos fuimos a comer y durante esa comida la decisión de cambiar de país ya estaba casi tomada. Nos informamos, y vimos que allí se puede adoptar por libre, es decir, sin la obligación de ir a través de una ECAI. Una ECAI es una empresa sin ánimo de lucro que te ayuda en el proceso de adopción. Hacerlo sin ello convierte esta aventura en algo todavía más interesante.
Durante 2 meses, estuvimos recopilando papeles. Mi cabeza se olvidó un poco del trabajo, la verdad. Y de todo. Queríamos que todo estuviera perfecto. Y lo estuvo. El 9 de mayo, nuestra abogada nos confirmaba que los papeles habían llegado a la República Dominicana, que estaba todo bien, y que desde entonces, comenzaba la espera. Teóricamente, debemos esperar entre 1 año y algo más. Nadie lo sabe. Ya sabéis como va ésto… pueden ser 9 meses como 2 años.
Sin quererlo, sin notarlo, la espera me está pasando factura. Está ahí. Pienso en Néstor (el nuevo nombre ficticio inventado) sin ni siquiera tenerlo presente. Es como un proceso de Windows, que va por detrás comiéndoselo todo mientras el resto no funciona como debería. Y así es. Ya no trabajo con la misma fuerza, ni siquiera tengo ganas de trabajar. Lo achaco a la salud, a mis dolores (ficticios?), a mis pequeños ataques de ansiedad. Pero en realidad, la espera tiene la culpa de todo. Aun no he aprendido a disfrutar de este tiempo tan bonito que falta hasta ser padre. Y lo debo hacer. Debo aceptar mis nervios, mi ansiedad y mis ganas. Debo aprovechar este tiempo para hacer cosas con Núria que cambiarán, sin duda, en pocos meses. Debo prepararme con ilusión y no con esta cara de pepino que tengo hoy en día.
No va a ser fácil, pues la espera será larga, pero tengo que cambiar esta tendencia tan oscura que me rodea últimamente. Sin miedos, con la cara alta, y sobretodo con ilusión. Porque Néstor, o como quiera que se llame mi hijo, ya debe haber nacido y espera de la vida a un padre con menos tonterías en la cabeza que yo 🙂
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