No sé cómo llegué a la conclusión de que viajaba de espaldas por no volver a sufrir. Recuerdo perfectamente darme la vuelta un instante, ver la misma imagen de entrar en Bélgica y de golpe, los recuerdos del año pasado me atropellaron. Por entonces, hace 12 meses, una ilusión a prueba de bombas, una confianza intocable y las ganas de todo lo que estaba por venir. Pero la historia se truncó y en este viaje de vuelta, todo iba de espaldas, no sólo yo.
No tenía ganas de viajar, no tenía ganas de ver a la gente del año pasado, no tenía ilusión por que las cosas fueran a salir bien, mi confianza andaba más bien por los suelos y, la verdad, lo que estaba por venir me daba más bien igual.
Pero por suerte me di cuenta. Había que romper la metáfora. No sé en que momento de mi lectura algo hizo click. La furgoneta tenía 5 plazas, y yo había escogido ir de espaldas por algo: por miedo a volver a sufrir. Por conseguir algo, disfrutarlo, y perderlo al cabo de pocos días dejándote la cabeza llena de preguntas sin respuesta.
Al darme cuenta, tuve claro que tenía que darme la vuelta. Y lo hice. Entonces quise disfrutar de cada momento, del paisaje, de mis amigos, y del momento de llegar de nuevo a uno de los festivales más importantes del mundo para mi. Con ese gesto, lo sé, todo se puso de cara y lo que vino después sólo podía salir bien. Quizá podía hasta ser mejor que por entonces. Y lo fue. Las victorias se disfrutan todas, pero en algunas la belleza y la poesía las convierten en mejores.
En el viaje de vuelta a casa no sólo no iba de espaldas, sino que iba delante. De cara y en primera fila. Había roto una metáfora para crear una nueva. Sólo tengo claro que el camino nunca es igual. Y que hay que seguir luchando por momentos como el vivido este fin de semana. Luchar. Siempre luchar.
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