Rescaté este texto de mis borradores y decidí publicarlo tal cual, inacabado.
Escribí, durante 4 días, un diario de viaje cuando fuimos a Israel y Palestina, entre el 14 y el 21 de diciembre de 2008. Sí, tan sólo días antes del comienzo de la guerra. Los últimos 3 días, que pasamos en Belén y Jerusalem, no los escribí, aunque intentaré recordar más o menos lo que entonces pasó aunque desde luego, seré mucho menos textual… mi memoria no perdona y falla mucho!
Con una sensación rara comenzábamos el viaje a Israel (sólo a Israel). En ningún momento sabíamos que visitaríamos parte de Palestina, ni realmente teníamos mucha idea de lo que allí aprenderíamos. La verdad es que nos ibamos de vacaciones, pero no lo parecía. Aunque ya nos tocaba…
Desde el principio, supimos que era un viaje diferente. Pasamos el check-in y nos saltamos, a la torera, el control de seguridad. Casi embarcamos las maletas sin ‘hablar’ con una policia rellenita y contundente, que con una sonrisa, nos hizo volver para atrás y responder a las preguntas pertinentes. Además de preguntas típicas sobre si conocíamos gente en Israel, Estambul o Egipto (sitios dónde habíamos estado), nos lanzó una advertencia que nos dejó KO: «No cojais nada, no souvenirs, ni regalos… porque tenemos miedo de que pueda ser una bomba». ¿Cómo dice, señora? Mi cara cambió y ví que no se andaban con tonterías… La táctica del miedo, ¿os suena de la guerra, verdad?
El viaje bien, comimos algo de pollo y pan. Teníamos miedo de una cosa en el viaje, la comida. No por nada, sino porque Núria ha sufrido ataques de colon en sus viajes a Egipto y Turquía, así que el miedo nos acompañaría todo el viaje. Eso sí, mi predicción al llegar no falló: Núria, ésta vez no te pasará nada. No pasó.
Al llegar, un hombre uruguayo, Boris, nos recogió. Allí nos dimos cuenta de que habíamos viajado al lado de Angel y Neus, 2 barceloneses que nos acomparán todo el viaje. Allí también conocimos a Carmen, Lola y Carmen (o Car), 3 señoras de Córdoba que nos hicieron reir y pasárnoslo en grande. Una de ellas cumplía 90 años! Que crack.
Al pasar el control de entrada llevábamos un «40» en el pasaporte. Se ve que significaba «buena gente», pues entramos sin problemas, con la ayuda del guía. La ayuda del guía al pasar el control siempre da confianza. Llegamos al hotel Metropolitan, y salimos a pasear por Lloret… digo, por Tel Aviv. Buscábamos una excursión para el día siguiente, nos habían ofrecido una por 99$ a Massada y el Mar Muerto, pero intentamos conseguir algo mejor… ni de coña. La ‘simpática’ señora de una agencia nos confirmó que el precio era standard, mejor robar todos al mismo precio, no?
Núria y yo nos fuimos a vueltear por Tel Aviv, paseamos por calles típicas y acabamos en un centro comercial, dónde pasamos por un control antes de entrar, tuvimos que enseñar las bolsas y a mí me pasaron el detector anti bombas por todo el cuerpo. Flipante.
Cenamos en el McDonalds, buscando comida normal sin especies ni nada raro. Tenían «Chicken Steak», bastante rico según Núria. Yo comí un postrecillo de crema en un sitio de la calle, que bueno!
Al día siguiente nos fuimos todos para Massada, una fortaleza patrimonio de la humanidad de la Unesco. Allí murieron ‘suicidados’ cerca de 1000 judíos asediados por los romanos sobre el año 72 DC. Conocimos al resto de compañeros de viaje, las andaluzas y los catalanes, más nosotros, y un buen puñado de gente que no volveríamos a ver. Entre ellos un americano muy gracioso que le dijo a Núria que su tatuaje era el más divertido que había visto nunca.
Massada está bien, hay vistas preciosas, pero tampoco da para mucho, cualquier rincón de Egipto le daba mil vueltas. El guía se llamaba Alberto, y era raro. Esta mañana llegó 15 minutos tarde y parecía venir borracho. Pero es que era así. Sus explicaciones eran míticas, grabé incluso algunos videos porque oirlo era muy divertido, vaya castellano que aprende la gente por el mundo.
Tras beber un granizado de fresa, volvimos al autocar y nos fuimos para el Mar Muerto, el punto más bajo del mundo (400m por debajo del nivel del mar). Allí hay un spa, cutre, pero spa. Nos bañamos en aguas a 39º, que olían fatal (olor que se quedó para siempre en el bañador), nos pusimos barro en un sitio para ponerse barro, y nos bañamos en el Mar Muerto. Y sí, flotamos. Es una sensación diferente y placentera. La putada es que no llevábamos zapatillas, y claro, el suelo es sal cortante, y los pies duelen una barbaridad. Si vais, no os olvideis ni de coña unas zapatillas.
Comimos muy bien, y la vuelta fue un poco coñazo. En el hotel, no pude evitar reirme de uno de los recepcionistas… un pelín bizco. Sólo pensaba en que pasaría si mi buen amigo Karlos anduviera por allí. Cenamos pollo (comida repetida para evitar males de colon) mientras un italiano se enfadaba mucho con la camarera rusa o de por ahi… Y dormimos.
Al día siguiente, día 2, salimos por Tel Aviv a ver el barrio de los Artistas. Claro que llegamos a las 8 de la mañana, más o menos, y estaba todo cerrado. Que bien. También vimos algo de Jaffa, alguna vista que otra. Tengo la sensación de que puede ser una buena ciudad para irse de fiesta y conocer a gente, pero poco más. Con el bus fuimos a Cesárea Marítima. Este es un buen momento para presentar a David, nuestro guía argentino. Judío. Un tío majo que nos la jugaría un par de veces, muy escueto en sus explicaciones, pero un buen contador de chistes y fan de River Plate. Unas cosas por las otras.
El teatro romano de Cesárea estuvo bien, con sus camerinos, hipódromos… Vimos ruinas, un acueducto de poco nivel (comparado con el de Segovia), … en esos momentos, todos pensamos que ese día estaba siendo un poco caca. Eramos los 7 del día antes y Victor y Ericka, 2 chicos venezolanos que habían comenzado ese día con nosotros y que se hacían muchas fotos entre ellos.
Haifa, el templo Bahai y el Monasterio Carmelita de Stella Maris pasaron super rápido, sin nada reseñable. Y nos fuimos a comer, en medio de un polígono industrial. Encerrona típica de viaje. El chófer cobrando los menús! Aun así, nos hicieron pollo sin nada, comida de Núria, y tampoco costó excesivamente caro. Pero fue un apunte de lo que sería el tema comidas con el tándem chófer-guía. Eso nos picó un poco, sobretodo a los ‘jóvenes’…
Aun así, el pique fue mayor al llegar a Acre, y sólo ver un video de 15 minutos (en un MPG guarrísimo) de un pueblo chulísimo que sólo ibamos a ver en video. Que rabia! Allí vimos la fortaleza cruzada y las ruinas musulmanas, pero nada más de lo que decía el video…
Subimos al autocar, tocaba viaje largo hasta el hotel, pues esa noche dormíamos entre Líbano y Siria. El hotel estaba en medio de la nada, y aunque había piscina y nos bañamos y nos reimos con las andaluzas, nos dio rabia no poder salir. Cenamos mal, el pollo (otra vez!) era horrible, pero bueno…
El día 3 empezó en el autocar, camino del Monte de las Bienaventuranzas, lugar del sermón de la Montaña. Ahora hay una iglesia octogonal, muy maja, dónde dicen que habita una monja con mala ostia. Tenía cara, sí. De allí fuimos a Tabgha, lugar del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que yo rebauticé como milagro de los penes y las paces. En la puerta, unos violinistas interpretaban partituras con notas en hebreo, rarísimo.
En Capernaum vimos la antigua sinagoga, todo muy frío, y fuimos a la nueva iglesia Frasciscana. Allí conocimos a Gerardo, un tío majete francés que habló un buen rato con nosotros. Me cayó bien. Supongo que por su soledad y por su descripción de los amaneceres. Buen tipo. Las vistas allí eran impresionantes, pues el lago Tiberiades está ahi en todo su esplendor. Me hice alguna foto pecadora, pero sólo quería divertirme.
Allí surgió la opción de hacer una nueva excursión que no estaba en el plan… Una vueltuca por el lago Tiberiades, en una barca rollo «golondrinas» de Barcelona. La vuelta duró media hora, por 10 euros. Un pelín timo, aunque yo me lo pasé bien. En el transcurso del viaje, había gente que rezaba, otros que se reian de los que rezaban, y nosotros hacíamos amistad con Victor y Ericka. Es el momento que recuerdo como el comienzo de nuestra amistad, una amistad que duraría hasta el último minuto del viaje.
Para comer, Neus, Angel, Núria y yo decidimos conspirar, y nos fuimos del lugar ‘asignado’. Acabamos en una pizzeria, comimos barato e increiblemente bien. Aunque hubieramos comido mal nos daba igual, era una necesidad personal la de no ‘obedecer’ lo que nos mandaban… Salió bien.
Por la tarde, en Nazareth, estuvimos en la basilica de la Anunciación, la fuente de María y la Carpintería de San José. Lo de la carpintería parecía de humor… son unas piedrecicas y te dicen: «ahi se cree que era la carpintería». Cuanta fé hay que tener, que quereis que os diga.
Pasamos por Canaan de Galilea, dónde el milagro de la conversión del agua en vino, algo que a muchos nos gustaría hacer pero no sabemos. Para algo no somos los hijos de Dios. Nos llevaron a comprar regalos, y yo me quedé fuera haciendo amigos y fotos. Allí, nuestro guía nos dijo que el día siguiente nos llevaban a una fábrica de diamantes… yo flipé, pues no coincidía con nuestro programa. Suerte que presionamos, y finalmente se decidió que se iba a hacer lo nuestro. Victoria! Justo tras ganar y ver nuestro programa, el guía nos llevó corriendo
El caso es que acabamos en el hotel más pronto que tarde, con otro día más que no había sido nada del otro mundo…
Y hasta aquí. Me hubiera gustado acabarlo en su día … No pudo ser.
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