Aprendí en el camino de Santiago que la lluvia no tiene nada de malo. Hoy al volver del metro, llovía de manera exagerada. Lo único adicional que tapaba mi cuerpo era un gorro que a los 30 segundos ya estaba empapado. Las luces iluminaban la impresionante tormenta y mi cuerpo se iba calando a cada paso. Pero aun así andaba tranquilo, sabiéndome vencedor y saboreando cada momento de esa batalla. Y pensaba en lo mucho que me gusta caminar bajo la lluvia. Y en muchas otras cosas, para qué nos vamos a engañar.
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Arriba con los faroles, amigo. Todo tiende a ir mejor siempre. A pesar de la que está cayendo. Como dices, no pasa nada por calarnos de vez en cuando.
Abrazos.